
No admitirás falso rumor. No te concertarás
con el impío para ser testigo falso (Ex 23: 1).
REFLEXIONES ACERCA DE LA BLASFEMIA EN LA IGLESIA
Y LA PROPUESTA BÍBLICA A LA IGLESIA
¿No es indelicadeza con el Espíritu de Dios, vivir la vida sin sentido de agradecimiento? ¿No es indelicadeza dudar de Su fidelidad y Su Poder? ¿Cómo es posible desconfiar de Su Gracia? Dios enseña a Su Iglesia desde sus inicios, que al igual que en el Antiguo Testamento, Él da un tratamiento severo a aquellas que sean más que indelicadas con el Espíritu Santo. Observemos el siguiente relato: “Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una heredad, y sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo sólo una parte, la puso a los pies de los apóstoles”. (Hch 5: 1-2). El contexto de esta historia muestra que Dios había dado tanta unidad a la Iglesia, de tal forma que nadie tenía necesidad material, porque todos tenían todas las cosas en común (Hch 4: 32-37).
Sin embargo, esta pareja quiso aparentar dadivosidad delante de la Iglesia, dudando que lo ocurrido hasta ese momento fuera guiado por Dios; ignorando que el Espíritu Santo estaba en acción. Por tal motivo el apóstol Pedro dijo a Ananías: “¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste ésto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios” (Hch 5: 3-4). Esta respuesta deja ver que Ananías permitió que Satán llenara su corazón; y que esta burla, fue contra el Espíritu Santo, el cual es Dios. Por lo cual vino sobre él, muerte: “Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron. Y levantándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron” (Hch 5: 5-6).
Notemos lo acontecido con Safira: “Pasado un lapso como de tres horas, sucedió que entró su mujer, no sabiendo lo que había acontecido. Entonces Pedro le dijo: Dime, ¿vendisteis en tanto la heredad? Y ella dijo: Sí, en tanto” (Hch 5: 7-8). Esta respuesta refleja un diálogo previo entre esta pareja para obtener un común acuerdo. Por tal razón el apóstol Pedro dijo a Safira: “¿Por qué convinisteis en tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a tu marido, y te sacarán a ti” (Hch 5: 9). El apóstol Pedro afirma que hubo un convenio entre ella y su marido, tentando al Espíritu Santo. Por lo cual ella también fue desechada: “Al instante ella cayó a los pies de él, y expiró; y cuando entraron los jóvenes, la hallaron muerta; y la sacaron, y la sepultaron junto a su marido. Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas” (Hch 5: 9-11). No podemos ignorar que la blasfemia también puede darse en medio de la Iglesia; y aquellas personas que tomen como burla, la acción del Espíritu Santo; recibirán un trato similar. ¿Por qué habríamos de dudar esto?
La Iglesia sufre por causa de hombres mal intencionados que ponen sus propios intereses por encima de la unidad de la iglesia local donde Dios les ha permitido estar. Hoy día, muchas comunidades cristianas nacen mas por divisiones; que por una intención sana de predicar el Evangelio de Jesucristo. Debemos tener en cuenta que ninguna división puede darse, sin el uso de la murmuración y en consecuencia de la blasfemia. Cualquier persona que Dios llame a servir a su Iglesia debe entender esto. El apóstol Pedro expresa: “Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad es blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas” (2 P 2: 2-3). Causar división dentro de una iglesia local, es un mal testimonio visible al mundo que está alrededor, y hace que el Evangelio sea señalado y blasfemado. De esta forma, se detiene con injusticia el avance del Evangelio de Jesucristo, y esto es reprochable por Dios.
El testimonio exterior que la Iglesia dé a través de todos los tiempos, es de suma importancia para cada generación. El apóstol Pablo exhorta a las mujeres a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, sujetas a sus maridos para que la palabra de Dios no sea blasfemada (Tit 2: 4-5); y que no den al adversario ninguna ocasión de maledicencia (1 Tim 5: 14). También esto es aplicable en cualquier persona que tenga el honor de ser llamada “cristiana”; debemos notar que por causa del mal testimonio el Nombre de Dios es blasfemado. La Iglesia es en su esencia espiritual y como tal debemos tratarla.
Al interior de la Iglesia; en una iglesia local, una reprensión a cualquier creyente sólo se debe efectuar, teniendo como base la autoridad espiritual que Dios ha conferido a los líderes visibles. Esta autoridad espiritual, también demanda autoridad moral antes de poder señalar las faltas de cualquier miembro de la congregación. El salmista declara: “Que el justo me castigue, será un favor, y que me reprenda será un excelente bálsamo que no me herirá la cabeza” (Sal 141: 5a). Por consiguiente, una reprensión justa y de una persona con autoridad no puede considerarse como una injuria. Teniendo en cuenta que para hacer una reprensión, primero es mejor establecer una relación de confianza. Notemos que aquellas personas que no admiten amonestaciones dentro de la iglesia local, de parte de quienes sirven en el ministerio pastoral, y usan la lengua para cortar, rasgar, herir, como navaja afilada, son problemáticas, y causan un mal a la iglesia local por medio de la murmuración. Las personas que se han habituado a la blasfemia deben entender, que si han pasado a formar parte de la Iglesia del Señor Jesús, tienen que desechar este mal proceder.
Por otra parte, la posición de autoridad espiritual que Dios ha dado a aquellos que ministran para Él, los compromete a ser cuidadosos en el momento de usar su Nombre. En una iglesia local no es extraño ver personas quejándose contra Dios, y echando al Señor la culpa de todos sus problemas. Ante esto, el ministro de Dios tiene que hacer las aclaraciones pertinentes. Recordemos el castigo que Dios dio a Moisés: “Por cuanto pecasteis contra mí en medio de los hijos de Israel en las aguas de Meriba de Cades, en el desierto de Zin; porque no me santificasteis en medio de los hijos de Israel. Verás, por tanto delante de ti la tierra; mas no entrarás allá, a la tierra que doy a los hijos de Israel” (Dt 32: 51-52). Moisés tenía la responsabilidad de santificar a Dios; es decir, mostrar a Dios “Santo”, sacándolo en limpio de todas las quejas que en el desierto, Israel estaba imputando a Dios, en las aguas de Meriba.
El respeto a Dios y su palabra, es algo que debe caracterizar a los líderes visibles de la Iglesia en el mundo. Aquella persona que dice: “así dice el Señor”, con el objeto de sacar provecho propio; está incurriendo en la blasfemia; está ocupando el lugar que le corresponde al Señor. Dios recomienda a Israel, a través de Jeremías: “No escuchéis a las palabras de los profetas que os profetizan; os alimentan con vanas esperanzas; hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová” (Jr 23: 16). Recordemos que ésto es extremadamente delicado; ya que blasfemar contra Dios es colocarse al mismo nivel de Él, y menospreciarlo. Agustín expresa: “Es mucho mas tolerable mentir en aquellas cosas que no se relacionan con la religión que ser engañado en aquellas otras sin cuya fe o conocimiento, Dios no puede ser honrado” (Lo mejor de Agustin. Terrassa. CLIE). Es posible que muchas veces por falta de conocimiento, hayamos cometido errores dentro de la iglesia. El Señor expresa: “Mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento”(Os 4: 6). Pero ahora, ¡tengamos absoluto cuidado! Dios quiere que su Iglesia denuncie la blasfemia en el mundo y no que sea partícipe de ella.
La Iglesia no está cumpliendo la eficiente labor de confrontar la blasfemia; sino que también se ha visto afectada por este mal. La crítica o el chisme que tan fácilmente dejan nuestros labios, que dejamos escapar sin darle importancia, porque es una práctica universal y ligereza que tiene perdón; son un golpe inhumano y cruel. Somos desleales cuando murmuramos y proferimos palabras corrosivas. Echamos por tierra reputaciones y colocamos en peligro las relaciones de otras personas; cuando manchamos el buen nombre de los demás. Y la mancha queda porque los hombres tienden a creer el mal e ignorar el bien.
Pero, si hay alguien que puede abordar el desafío de confrontar la blasfemia en el mundo, es la Iglesia de Jesucristo. Ningún otro organismo sobre la tierra está capacitado para hacerlo. Ningún hombre, ningún hogar, ni ninguna nación; es atropellado con palabras de parte de personas que han entendido y encarnado por el Espíritu Santo el mensaje de Jesús. Tal es la fuerza del cristianismo cuando éste se entiende en su estado original y puro en que fue proclamado. El Señor Jesucristo vino a amistar a los hombres con Dios; y la Iglesia no puede perseguir otros intereses por encima de los intereses de Cristo Jesús:
Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen (Mt 5: 44).
Bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian (Lc 6: 28).
Tales palabras son duras de aceptar, especialmente cuando observamos el medio hostil en que nos movemos; pero la Iglesia está llamada a dar una voz de bendición, a una sociedad que se ha habituado a maldecir. Lamentablemente, en la mayoría de la veces respondemos maldición por maldición. Notemos las palabras del apóstol Santiago, al hablar acerca de la lengua: “Con ella bendecimos a Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos esto no debe ser así” (Stg 3: 9-10). La lengua es un instrumento de maldición o bendición; y la Iglesia tiene la responsabilidad de usarla para bendición. ¿Qué diferencia hay entre la Iglesia y el mundo si respondemos igual que ellos? ¿Por qué no habríamos de soportar la blasfemia? Jesús dice: “Si al Padre de familia llamaron Beelzebú, ¡cuánto más a los de su casa!” (Mt 10: 25b).
El apóstol Pedro expone la respuesta de Jesús frente a la maldición: “Quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 P 2: 23). Tenemos la responsabilidad de hacer como la Cabeza de la Iglesia (Jesucristo), ha hecho. Este principio debe estar ligado al carácter de todo seguidor de Jesucristo: “Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis” (Ro 12: 14). “No devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición” (1 P 3: 9). Bendecir con palabras y acciones, a pesar de..., es la actitud que Jesucristo quiere de su Iglesia; por lo cual toda actitud contraria a la de bendición, empaña la labor que Dios ha encomendado a sus hijos. Las Escrituras enseñan al respecto:
Quítese de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería, y maledicencia, y toda malicia (Ef 4: 31).
Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca (Col 3: 8).
La Iglesia está llamada a soportar la injuria, y dar un mensaje de bendición al mundo; tarea nada fácil cuando somos agredidos. ¿Cómo es posible lograr responder con bendición a alguien que te ha deshonrado? ¿Tiene la Iglesia las fuerzas para asumir este desafío? ¿Por qué habríamos de bendecir a quien nos ha maldecido? El apóstol Pedro dice: “Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable. Vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios; en otro tiempo no habías alcanzado misericordia, ahora habéis alcanzado misericordia” (1 P 2: 9-19). El espíritu de agradecimiento por lo que Dios ha hecho en nuestras vidas, nos lleva a desear que otras personas alcancen misericordia aun cuando nos hayan maldecido. Debemos perdonar a quienes nos ofendan, como respuesta, en agradecimiento, al perdón que Dios nos ha dado. No debemos olvidar que el Espíritu de Dios guía y capacita a Su Iglesia; por tal razón podemos asumir una pedagogía contra la blasfemia, pidiendo a Dios que sane nuestra lengua.
A excepción de todo esto, la Iglesia no está llamada a soportar y pasar por alto la blasfemia contra Dios. Notemos la enseñanza que el Señor nos da a través del apóstol Pablo, a quien usó para delinear el derrotero de Su Iglesia:
Y cuando Silas y Timoteo vinieron a Macedonia Pablo estaba entregado por completo a la predicación de la palabra, testificando a los judíos que Jesús era el Cristo. Pero oponiéndose y blasfemando éstos, les dijo, sacudiendo los vestidos: Vuestra sangre sea sobre vuestra propia cabeza; yo, limpio; desde ahora me iré a los gentiles (Hch 18: 5-6).
Aunque el texto no menciona exactamente en que consistió la blasfemia; se puede ver que el apóstol Pablo, testificaba acerca de Jesucristo. La blasfemia en mención fue algo muy grave, puesto que el apóstol Pablo se otorgó el derecho de no seguir predicando a quienes blasfemaron.
La Iglesia de Jesucristo debe considerar que la blasfemia de cualquier persona contra Dios, es un hecho suficiente para cancelar la predicación del Evangelio a quien lo haga. El Señor Jesús dijo a sus discípulos: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen” (Mt 7: 6). Por consiguiente, la Iglesia puede reservarse la predicación del Evangelio, si alguien blasfema contra Dios. La Iglesia nació del Evangelio y ese Evangelio tiene que ver con Dios. Estamos llamados a ser “luz”; pero eso no implica que tengamos que admitir que se blasfeme el Nombre de Dios. La Iglesia de Jesucristo está en deuda con el mundo, cuando no invierte su tiempo, esfuerzo y energía para predicar contra este mal; ya que es tarea de la Iglesia asumir esta responsabilidad
con el impío para ser testigo falso (Ex 23: 1).
REFLEXIONES ACERCA DE LA BLASFEMIA EN LA IGLESIA
Y LA PROPUESTA BÍBLICA A LA IGLESIA
¿No es indelicadeza con el Espíritu de Dios, vivir la vida sin sentido de agradecimiento? ¿No es indelicadeza dudar de Su fidelidad y Su Poder? ¿Cómo es posible desconfiar de Su Gracia? Dios enseña a Su Iglesia desde sus inicios, que al igual que en el Antiguo Testamento, Él da un tratamiento severo a aquellas que sean más que indelicadas con el Espíritu Santo. Observemos el siguiente relato: “Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una heredad, y sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo sólo una parte, la puso a los pies de los apóstoles”. (Hch 5: 1-2). El contexto de esta historia muestra que Dios había dado tanta unidad a la Iglesia, de tal forma que nadie tenía necesidad material, porque todos tenían todas las cosas en común (Hch 4: 32-37).
Sin embargo, esta pareja quiso aparentar dadivosidad delante de la Iglesia, dudando que lo ocurrido hasta ese momento fuera guiado por Dios; ignorando que el Espíritu Santo estaba en acción. Por tal motivo el apóstol Pedro dijo a Ananías: “¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste ésto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios” (Hch 5: 3-4). Esta respuesta deja ver que Ananías permitió que Satán llenara su corazón; y que esta burla, fue contra el Espíritu Santo, el cual es Dios. Por lo cual vino sobre él, muerte: “Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron. Y levantándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron” (Hch 5: 5-6).
Notemos lo acontecido con Safira: “Pasado un lapso como de tres horas, sucedió que entró su mujer, no sabiendo lo que había acontecido. Entonces Pedro le dijo: Dime, ¿vendisteis en tanto la heredad? Y ella dijo: Sí, en tanto” (Hch 5: 7-8). Esta respuesta refleja un diálogo previo entre esta pareja para obtener un común acuerdo. Por tal razón el apóstol Pedro dijo a Safira: “¿Por qué convinisteis en tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a tu marido, y te sacarán a ti” (Hch 5: 9). El apóstol Pedro afirma que hubo un convenio entre ella y su marido, tentando al Espíritu Santo. Por lo cual ella también fue desechada: “Al instante ella cayó a los pies de él, y expiró; y cuando entraron los jóvenes, la hallaron muerta; y la sacaron, y la sepultaron junto a su marido. Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas” (Hch 5: 9-11). No podemos ignorar que la blasfemia también puede darse en medio de la Iglesia; y aquellas personas que tomen como burla, la acción del Espíritu Santo; recibirán un trato similar. ¿Por qué habríamos de dudar esto?
La Iglesia sufre por causa de hombres mal intencionados que ponen sus propios intereses por encima de la unidad de la iglesia local donde Dios les ha permitido estar. Hoy día, muchas comunidades cristianas nacen mas por divisiones; que por una intención sana de predicar el Evangelio de Jesucristo. Debemos tener en cuenta que ninguna división puede darse, sin el uso de la murmuración y en consecuencia de la blasfemia. Cualquier persona que Dios llame a servir a su Iglesia debe entender esto. El apóstol Pedro expresa: “Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad es blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas” (2 P 2: 2-3). Causar división dentro de una iglesia local, es un mal testimonio visible al mundo que está alrededor, y hace que el Evangelio sea señalado y blasfemado. De esta forma, se detiene con injusticia el avance del Evangelio de Jesucristo, y esto es reprochable por Dios.
El testimonio exterior que la Iglesia dé a través de todos los tiempos, es de suma importancia para cada generación. El apóstol Pablo exhorta a las mujeres a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, sujetas a sus maridos para que la palabra de Dios no sea blasfemada (Tit 2: 4-5); y que no den al adversario ninguna ocasión de maledicencia (1 Tim 5: 14). También esto es aplicable en cualquier persona que tenga el honor de ser llamada “cristiana”; debemos notar que por causa del mal testimonio el Nombre de Dios es blasfemado. La Iglesia es en su esencia espiritual y como tal debemos tratarla.
Al interior de la Iglesia; en una iglesia local, una reprensión a cualquier creyente sólo se debe efectuar, teniendo como base la autoridad espiritual que Dios ha conferido a los líderes visibles. Esta autoridad espiritual, también demanda autoridad moral antes de poder señalar las faltas de cualquier miembro de la congregación. El salmista declara: “Que el justo me castigue, será un favor, y que me reprenda será un excelente bálsamo que no me herirá la cabeza” (Sal 141: 5a). Por consiguiente, una reprensión justa y de una persona con autoridad no puede considerarse como una injuria. Teniendo en cuenta que para hacer una reprensión, primero es mejor establecer una relación de confianza. Notemos que aquellas personas que no admiten amonestaciones dentro de la iglesia local, de parte de quienes sirven en el ministerio pastoral, y usan la lengua para cortar, rasgar, herir, como navaja afilada, son problemáticas, y causan un mal a la iglesia local por medio de la murmuración. Las personas que se han habituado a la blasfemia deben entender, que si han pasado a formar parte de la Iglesia del Señor Jesús, tienen que desechar este mal proceder.
Por otra parte, la posición de autoridad espiritual que Dios ha dado a aquellos que ministran para Él, los compromete a ser cuidadosos en el momento de usar su Nombre. En una iglesia local no es extraño ver personas quejándose contra Dios, y echando al Señor la culpa de todos sus problemas. Ante esto, el ministro de Dios tiene que hacer las aclaraciones pertinentes. Recordemos el castigo que Dios dio a Moisés: “Por cuanto pecasteis contra mí en medio de los hijos de Israel en las aguas de Meriba de Cades, en el desierto de Zin; porque no me santificasteis en medio de los hijos de Israel. Verás, por tanto delante de ti la tierra; mas no entrarás allá, a la tierra que doy a los hijos de Israel” (Dt 32: 51-52). Moisés tenía la responsabilidad de santificar a Dios; es decir, mostrar a Dios “Santo”, sacándolo en limpio de todas las quejas que en el desierto, Israel estaba imputando a Dios, en las aguas de Meriba.
El respeto a Dios y su palabra, es algo que debe caracterizar a los líderes visibles de la Iglesia en el mundo. Aquella persona que dice: “así dice el Señor”, con el objeto de sacar provecho propio; está incurriendo en la blasfemia; está ocupando el lugar que le corresponde al Señor. Dios recomienda a Israel, a través de Jeremías: “No escuchéis a las palabras de los profetas que os profetizan; os alimentan con vanas esperanzas; hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová” (Jr 23: 16). Recordemos que ésto es extremadamente delicado; ya que blasfemar contra Dios es colocarse al mismo nivel de Él, y menospreciarlo. Agustín expresa: “Es mucho mas tolerable mentir en aquellas cosas que no se relacionan con la religión que ser engañado en aquellas otras sin cuya fe o conocimiento, Dios no puede ser honrado” (Lo mejor de Agustin. Terrassa. CLIE). Es posible que muchas veces por falta de conocimiento, hayamos cometido errores dentro de la iglesia. El Señor expresa: “Mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento”(Os 4: 6). Pero ahora, ¡tengamos absoluto cuidado! Dios quiere que su Iglesia denuncie la blasfemia en el mundo y no que sea partícipe de ella.
La Iglesia no está cumpliendo la eficiente labor de confrontar la blasfemia; sino que también se ha visto afectada por este mal. La crítica o el chisme que tan fácilmente dejan nuestros labios, que dejamos escapar sin darle importancia, porque es una práctica universal y ligereza que tiene perdón; son un golpe inhumano y cruel. Somos desleales cuando murmuramos y proferimos palabras corrosivas. Echamos por tierra reputaciones y colocamos en peligro las relaciones de otras personas; cuando manchamos el buen nombre de los demás. Y la mancha queda porque los hombres tienden a creer el mal e ignorar el bien.
Pero, si hay alguien que puede abordar el desafío de confrontar la blasfemia en el mundo, es la Iglesia de Jesucristo. Ningún otro organismo sobre la tierra está capacitado para hacerlo. Ningún hombre, ningún hogar, ni ninguna nación; es atropellado con palabras de parte de personas que han entendido y encarnado por el Espíritu Santo el mensaje de Jesús. Tal es la fuerza del cristianismo cuando éste se entiende en su estado original y puro en que fue proclamado. El Señor Jesucristo vino a amistar a los hombres con Dios; y la Iglesia no puede perseguir otros intereses por encima de los intereses de Cristo Jesús:
Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen (Mt 5: 44).
Bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian (Lc 6: 28).
Tales palabras son duras de aceptar, especialmente cuando observamos el medio hostil en que nos movemos; pero la Iglesia está llamada a dar una voz de bendición, a una sociedad que se ha habituado a maldecir. Lamentablemente, en la mayoría de la veces respondemos maldición por maldición. Notemos las palabras del apóstol Santiago, al hablar acerca de la lengua: “Con ella bendecimos a Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos esto no debe ser así” (Stg 3: 9-10). La lengua es un instrumento de maldición o bendición; y la Iglesia tiene la responsabilidad de usarla para bendición. ¿Qué diferencia hay entre la Iglesia y el mundo si respondemos igual que ellos? ¿Por qué no habríamos de soportar la blasfemia? Jesús dice: “Si al Padre de familia llamaron Beelzebú, ¡cuánto más a los de su casa!” (Mt 10: 25b).
El apóstol Pedro expone la respuesta de Jesús frente a la maldición: “Quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 P 2: 23). Tenemos la responsabilidad de hacer como la Cabeza de la Iglesia (Jesucristo), ha hecho. Este principio debe estar ligado al carácter de todo seguidor de Jesucristo: “Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis” (Ro 12: 14). “No devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición” (1 P 3: 9). Bendecir con palabras y acciones, a pesar de..., es la actitud que Jesucristo quiere de su Iglesia; por lo cual toda actitud contraria a la de bendición, empaña la labor que Dios ha encomendado a sus hijos. Las Escrituras enseñan al respecto:
Quítese de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería, y maledicencia, y toda malicia (Ef 4: 31).
Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca (Col 3: 8).
La Iglesia está llamada a soportar la injuria, y dar un mensaje de bendición al mundo; tarea nada fácil cuando somos agredidos. ¿Cómo es posible lograr responder con bendición a alguien que te ha deshonrado? ¿Tiene la Iglesia las fuerzas para asumir este desafío? ¿Por qué habríamos de bendecir a quien nos ha maldecido? El apóstol Pedro dice: “Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable. Vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios; en otro tiempo no habías alcanzado misericordia, ahora habéis alcanzado misericordia” (1 P 2: 9-19). El espíritu de agradecimiento por lo que Dios ha hecho en nuestras vidas, nos lleva a desear que otras personas alcancen misericordia aun cuando nos hayan maldecido. Debemos perdonar a quienes nos ofendan, como respuesta, en agradecimiento, al perdón que Dios nos ha dado. No debemos olvidar que el Espíritu de Dios guía y capacita a Su Iglesia; por tal razón podemos asumir una pedagogía contra la blasfemia, pidiendo a Dios que sane nuestra lengua.
A excepción de todo esto, la Iglesia no está llamada a soportar y pasar por alto la blasfemia contra Dios. Notemos la enseñanza que el Señor nos da a través del apóstol Pablo, a quien usó para delinear el derrotero de Su Iglesia:
Y cuando Silas y Timoteo vinieron a Macedonia Pablo estaba entregado por completo a la predicación de la palabra, testificando a los judíos que Jesús era el Cristo. Pero oponiéndose y blasfemando éstos, les dijo, sacudiendo los vestidos: Vuestra sangre sea sobre vuestra propia cabeza; yo, limpio; desde ahora me iré a los gentiles (Hch 18: 5-6).
Aunque el texto no menciona exactamente en que consistió la blasfemia; se puede ver que el apóstol Pablo, testificaba acerca de Jesucristo. La blasfemia en mención fue algo muy grave, puesto que el apóstol Pablo se otorgó el derecho de no seguir predicando a quienes blasfemaron.
La Iglesia de Jesucristo debe considerar que la blasfemia de cualquier persona contra Dios, es un hecho suficiente para cancelar la predicación del Evangelio a quien lo haga. El Señor Jesús dijo a sus discípulos: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen” (Mt 7: 6). Por consiguiente, la Iglesia puede reservarse la predicación del Evangelio, si alguien blasfema contra Dios. La Iglesia nació del Evangelio y ese Evangelio tiene que ver con Dios. Estamos llamados a ser “luz”; pero eso no implica que tengamos que admitir que se blasfeme el Nombre de Dios. La Iglesia de Jesucristo está en deuda con el mundo, cuando no invierte su tiempo, esfuerzo y energía para predicar contra este mal; ya que es tarea de la Iglesia asumir esta responsabilidad
Exégesis de Pedro Angel Caicedo.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada