
LAS PUERTAS DE SION
Salmo 87
“En los montes santos están sus cimientos. El Señor ama las puertas de Sion más que todas las otras moradas de Jacob” (Vrs 1-2)
Primero se nos habla de los “cimientos” de esta ciudad, y luego se nos habla de las “puertas”. Más, por inspiración divina el salmista dice que “Dios ama las puertas de Sion más que todas las moradas de Jacob” parece claro que son más importantes los cimientos, pues son éstos los que sostienen toda la estructura; sin embargo lo que Dios más ama son las “puertas”. Por eso, debemos preguntarnos ¿Cuáles son esas puertas y por qué Dios las ama tanto? Estando en la Isla de Patmas, Juan, el discípulo amado del señor, recibe una visión de la ciudad celestial y nos dice: “Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios y tenía la gloria de Dios. Su fulgor era semejante al de una piedra muy preciosas, como piedra de jaspe cristalino. Tenía un muro grande y alto con doce puertas, y en las puertas doce ángeles; y en ellas había nombres escritos, que son los de las doce tribus de Israel” (Ap 21:10-12).
Entonces, son las tribus de Israel las puertas de esta ciudad ¡las puertas de Sion! Pueden ser consideradas como la entrada a Sion. Dios amó a Israel y lo llamó estando en Egipto (Os.11:1). Y entró Él mismo por las puertas de Sion al encarnarse. Quiso Dios habitar en medio de su pueblo, cuando se cumplió el tiempo (Gal-4:4), para hacer realidad la promesa de resurrección para ellos y hacer partícipes a los gentiles de esta misma bendición (Lc.2:31).
Sabemos que sus cimientos se encuentran en los montes santos. En estos montes Dios llamó a Abraham: “al ser llamado, obedeció, saliendo para un lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a donde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra de la promesa como en tierra extraña, viviendo en tiendas como Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa, porque esperaba la ciudad que tiene cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Heb.11:8-10).
También en estos montes Dios llamó a Moisés, y le entregó las tablas de la ley (Ex.20), conduciendo a Israel por el desierto hasta introducirlo en la tierra de la promesa y establecerlo como una nación. Así que los fundamentos de esta ciudad fueron puestos aquí en esta tierra y son pueblo santo, un remanente purificado con el propósito de que a través de ellos viniera Cristo.
¡Las puertas de Sion! El Israel que vio al Mesías y fue testigo de sus palabras y obras. ¡Las puertas de Sion! Aquellas por las que entró Dios a este mundo, pues los cimientos de Sion fueron puestos en este mundo. Podemos decir con el Salmista: “Dios amó las puertas de Sion más que todas las moradas de Jacob” esto es, cuando Israel existía sólo en el corazón de Dios, ya Dios lo amaba con amor eterno.
“Cosas gloriosas se dicen de ti, Oh, ciudad de Dios” (Vr.3)
¿Y qué es lo que se dice? Dios la sigue construyendo.
Dios la sigue edificando, pues aunque los cimientos y las puertas fueron colocadas, la gloriosa ciudad esta todavía en contrucción.
Isaías profetizó: “He aquí pongo por fundamento en Sion una piedra, una piedra probada, angular, preciosas, fundamental, bien colocada. El que crea en ella no será perturbado” (Is.28:16).
Y estas mismas palabras están en consonancia con la expresión del salmista: “La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser la piedra principal del ángulo” (Sal. 118:22), y agrega “Bendito el que viene en el Nombre del Señor” (Sal.118:26). Sin lugar a dudas, Jesucristo, es la piedra angular, probada y preciosas mediante la cual esta ciudad se sigue construyendo y nosotros como “piedras vivas, somos edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo”.(1 P.2:5).
“La iglesia del Dios vivo es columna y sostén de la verdad”(1Tim.3:15), y es ahí donde Dios ama estar, más que todas las moradas de Jacob, Dios ama las puertas de Sion.
Si alguien pregunta: ¿Acaso la Jerusalén Celestial no es la ciudad que viene del cielo? La respuesta es amén.
Más en cierto modo, Dios prepara mansiones preparando moradores para ellas. En palabras del señor: “voy a preparar un lugar para vosotros” (Jn.14:2b).
Así que los habitantes de la ciudad celestial mientras vivamos permaneceremos aquí en la tierra; más la promesa del señor es clara: “y si me voy y preparo un lugar para vosotros, vendré otra vez y os tomaré conmigo; para que donde yo estoy, allí estéis también vosotros”(Jn.14:3).
Agustín de Hipona expresó: “Como las estrellas en el cielo, así los santos tendrán habitaciones de distintas claridades”. Es claro, que cada estrella tiene su propia gloria que le fue dada, también así, lo que recibiremos estará en consonancia con lo que somos y llegaremos a ser en Cristo, y esto, se hará manifiesto en su venida gloriosa. Sin embargo, podemos decir que ya somos moradores de esta ciudad celestial, pues “cosa que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman, pero Dios nos las reveló por medio del Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun las profundidades del Dios” (1 Cor.2:9-10). Por eso, sigue diciendo este bello salmo:
Salmo 87
“En los montes santos están sus cimientos. El Señor ama las puertas de Sion más que todas las otras moradas de Jacob” (Vrs 1-2)
Primero se nos habla de los “cimientos” de esta ciudad, y luego se nos habla de las “puertas”. Más, por inspiración divina el salmista dice que “Dios ama las puertas de Sion más que todas las moradas de Jacob” parece claro que son más importantes los cimientos, pues son éstos los que sostienen toda la estructura; sin embargo lo que Dios más ama son las “puertas”. Por eso, debemos preguntarnos ¿Cuáles son esas puertas y por qué Dios las ama tanto? Estando en la Isla de Patmas, Juan, el discípulo amado del señor, recibe una visión de la ciudad celestial y nos dice: “Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios y tenía la gloria de Dios. Su fulgor era semejante al de una piedra muy preciosas, como piedra de jaspe cristalino. Tenía un muro grande y alto con doce puertas, y en las puertas doce ángeles; y en ellas había nombres escritos, que son los de las doce tribus de Israel” (Ap 21:10-12).
Entonces, son las tribus de Israel las puertas de esta ciudad ¡las puertas de Sion! Pueden ser consideradas como la entrada a Sion. Dios amó a Israel y lo llamó estando en Egipto (Os.11:1). Y entró Él mismo por las puertas de Sion al encarnarse. Quiso Dios habitar en medio de su pueblo, cuando se cumplió el tiempo (Gal-4:4), para hacer realidad la promesa de resurrección para ellos y hacer partícipes a los gentiles de esta misma bendición (Lc.2:31).
Sabemos que sus cimientos se encuentran en los montes santos. En estos montes Dios llamó a Abraham: “al ser llamado, obedeció, saliendo para un lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a donde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra de la promesa como en tierra extraña, viviendo en tiendas como Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa, porque esperaba la ciudad que tiene cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Heb.11:8-10).
También en estos montes Dios llamó a Moisés, y le entregó las tablas de la ley (Ex.20), conduciendo a Israel por el desierto hasta introducirlo en la tierra de la promesa y establecerlo como una nación. Así que los fundamentos de esta ciudad fueron puestos aquí en esta tierra y son pueblo santo, un remanente purificado con el propósito de que a través de ellos viniera Cristo.
¡Las puertas de Sion! El Israel que vio al Mesías y fue testigo de sus palabras y obras. ¡Las puertas de Sion! Aquellas por las que entró Dios a este mundo, pues los cimientos de Sion fueron puestos en este mundo. Podemos decir con el Salmista: “Dios amó las puertas de Sion más que todas las moradas de Jacob” esto es, cuando Israel existía sólo en el corazón de Dios, ya Dios lo amaba con amor eterno.
“Cosas gloriosas se dicen de ti, Oh, ciudad de Dios” (Vr.3)
¿Y qué es lo que se dice? Dios la sigue construyendo.
Dios la sigue edificando, pues aunque los cimientos y las puertas fueron colocadas, la gloriosa ciudad esta todavía en contrucción.
Isaías profetizó: “He aquí pongo por fundamento en Sion una piedra, una piedra probada, angular, preciosas, fundamental, bien colocada. El que crea en ella no será perturbado” (Is.28:16).
Y estas mismas palabras están en consonancia con la expresión del salmista: “La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser la piedra principal del ángulo” (Sal. 118:22), y agrega “Bendito el que viene en el Nombre del Señor” (Sal.118:26). Sin lugar a dudas, Jesucristo, es la piedra angular, probada y preciosas mediante la cual esta ciudad se sigue construyendo y nosotros como “piedras vivas, somos edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo”.(1 P.2:5).
“La iglesia del Dios vivo es columna y sostén de la verdad”(1Tim.3:15), y es ahí donde Dios ama estar, más que todas las moradas de Jacob, Dios ama las puertas de Sion.
Si alguien pregunta: ¿Acaso la Jerusalén Celestial no es la ciudad que viene del cielo? La respuesta es amén.
Más en cierto modo, Dios prepara mansiones preparando moradores para ellas. En palabras del señor: “voy a preparar un lugar para vosotros” (Jn.14:2b).
Así que los habitantes de la ciudad celestial mientras vivamos permaneceremos aquí en la tierra; más la promesa del señor es clara: “y si me voy y preparo un lugar para vosotros, vendré otra vez y os tomaré conmigo; para que donde yo estoy, allí estéis también vosotros”(Jn.14:3).
Agustín de Hipona expresó: “Como las estrellas en el cielo, así los santos tendrán habitaciones de distintas claridades”. Es claro, que cada estrella tiene su propia gloria que le fue dada, también así, lo que recibiremos estará en consonancia con lo que somos y llegaremos a ser en Cristo, y esto, se hará manifiesto en su venida gloriosa. Sin embargo, podemos decir que ya somos moradores de esta ciudad celestial, pues “cosa que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman, pero Dios nos las reveló por medio del Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun las profundidades del Dios” (1 Cor.2:9-10). Por eso, sigue diciendo este bello salmo:
“Mencionaré a Rahab y a Babilonia entre los que me conocen”. (Vr.4ª).
¿Pero quién fue Rahab? Acaso no fue una ramera que ocultó en su casa a los dos Israelitas que envió Josué a la ciudad de Jericó? La escritura nos dice: “por la fe la ramera Rahab no pereció con los desobedientes, por haber recibido a los espías en paz” (Heb.11:31).
Pero el nombre de “Rahab” también es aplicado a un pueblo, pues Dios dijo de Israel cuando se apartó de Él: “lo he llamado Rahab, el destruido” (Is.30:7). Por lo tanto, “Rahab” hace referencia a gente con prácticas paganas que se dedican a la “prostitución”. Sin embargo, entre lo que conocen a Sion hay gente de Rahab; Jesús, dejo a los judios incrédulos: “En verdad os digo que los recaudadores de impuestos y hay rameras entran en el reino de Dios antes que vosotros” (Mt.21:31). Dios sigue llamando Rahab’s al arrepentimiento para hacerles conocedores de Sion y participantes del Reino de los cielos; hay todavía muchos Rahabs que entraron a formar parte de los moradores de Sion mediante Jesucristo.
Además, también Babilonia es contada entre los que conocen a Sion. ¿pero quien fue Babilonia? ¿Acaso no fue un lugar de idolatría?
La escritura llama a Babilonia “la desolada”, pues la idolatría trae desolación. Muchos serán de Babilonia sacados de la idolatría y serán incluidos en Sion. Sabemos que Rahab acogió en su casa a dos hijos de Dios y también Babilonia tuvo a los deportados de Jerusalén en los tiempos del profeta Daniel; así que era de esperarse que el mensaje de Dios llegara a ellos a través de los hijos de Dios que vivieron en su tierra. Hoy también el mensaje de Dios sigue llegando a aquellos perdidos en la idolatría y la prostitución, a través de los que anuncian las Buenas Nuevas de Salvación. Muchos de los que estábamos muy lejos de la ciudadanía del Reino de los Cielos ahora hemos sido incorporados mediante las sangre preciosas de Cristo; por eso dice el señor “y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos” (Mt.8:11).
Los gentiles están siendo incorporados al reino de Dios en tanto que gran parte de los judíos continúan endurecidos (Rom.11:25).
¿Pero quién fue Rahab? Acaso no fue una ramera que ocultó en su casa a los dos Israelitas que envió Josué a la ciudad de Jericó? La escritura nos dice: “por la fe la ramera Rahab no pereció con los desobedientes, por haber recibido a los espías en paz” (Heb.11:31).
Pero el nombre de “Rahab” también es aplicado a un pueblo, pues Dios dijo de Israel cuando se apartó de Él: “lo he llamado Rahab, el destruido” (Is.30:7). Por lo tanto, “Rahab” hace referencia a gente con prácticas paganas que se dedican a la “prostitución”. Sin embargo, entre lo que conocen a Sion hay gente de Rahab; Jesús, dejo a los judios incrédulos: “En verdad os digo que los recaudadores de impuestos y hay rameras entran en el reino de Dios antes que vosotros” (Mt.21:31). Dios sigue llamando Rahab’s al arrepentimiento para hacerles conocedores de Sion y participantes del Reino de los cielos; hay todavía muchos Rahabs que entraron a formar parte de los moradores de Sion mediante Jesucristo.
Además, también Babilonia es contada entre los que conocen a Sion. ¿pero quien fue Babilonia? ¿Acaso no fue un lugar de idolatría?
La escritura llama a Babilonia “la desolada”, pues la idolatría trae desolación. Muchos serán de Babilonia sacados de la idolatría y serán incluidos en Sion. Sabemos que Rahab acogió en su casa a dos hijos de Dios y también Babilonia tuvo a los deportados de Jerusalén en los tiempos del profeta Daniel; así que era de esperarse que el mensaje de Dios llegara a ellos a través de los hijos de Dios que vivieron en su tierra. Hoy también el mensaje de Dios sigue llegando a aquellos perdidos en la idolatría y la prostitución, a través de los que anuncian las Buenas Nuevas de Salvación. Muchos de los que estábamos muy lejos de la ciudadanía del Reino de los Cielos ahora hemos sido incorporados mediante las sangre preciosas de Cristo; por eso dice el señor “y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos” (Mt.8:11).
Los gentiles están siendo incorporados al reino de Dios en tanto que gran parte de los judíos continúan endurecidos (Rom.11:25).
“He aquí, Filistea y Tiro con Etiopía; de sus moradores se dirá: este nació allí. Pero de Sion se dira: este y aquél nacieron en ella y el Altísimo mismo la establecera” (Vr.4b-5).
Se diferencia aquí entre los que pertenecen a este mundo y los que pertenecen a Sion. Jesús, oró por sus discípulos diciendo: “ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Jn.17:16).
Así que, “nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo” (Fil.3:20).
Más, estos versos nos hablan de un nacimiento fuera de este mundo. ¿cómo es que nacimos en Sion y no en Etiopía, Tiro o cualquier ciudad?. De hecho el Señor enseño que quien no nace del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios (Jn.3:5).
Entonces , no sólo nacimos en el corazón y en el plan de Salvación, sino que literalmente por el “nuevo nacimiento” nacimos en la ciudad de Dios. Por lo tanto, de muchos Rahab’s y Babilonios, los cuales ha habido en todo el mundo, se dira: “ellos nacieron en Sion”.
¡Nacimos en Sion! Por cuanto fuimos engendrados por voluntad de Dios (Jn.1:13) y aun cuando no le conocíamos ya en el plan eterno del señor estaba que le llegáramos a conocer, hasta que un día ocurrió la realidad del nuevo nacimiento y fuimos traspasados del reino de las tinieblas al reino de su Amado Hijo (Col.1:13).
“De Sion se dirá: este y aquél nacieron en ella; y el Altísimo mismo la establecerá” (Vr.5).
Una vez que hemos sido hechos partícipes del Reino de Dios, somos edificados sobre el fundamento.
“Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús, mismo la principal piedra angular, en quien todo el edificio va creciendo para ser un templo Santo en el Señor” (Ef.2:20-21).
Es decir, Dios mismo establecerá la ciudad celestial aquí en la tierra, cuando ya este completamente todo el número de salvos, Él vendrá con la morada que tiene reservada, la nueva Jerusalén y la establecerá aquí en la tierra. El Apóstol Juan dice: “Y ví un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo como una novia ataviada para su esposo” (Ap.21:1-2).
Esta es la promesa que tenemos en Él, la vida eterna que ya comenzó cuando recibimos a Cristo, mediante la justificación, siendo consolidada mediante la santificación y será consumada en la resurrección y transformación de nuestros cuerpos a un cuerpo semejante al de Él. Más, la consumación de lo prometido no será realizado hasta que sea completado el número de los moradores de la patria celestial. Dios no se avergüenza en ser llamado “Dios de los que esperan” (Heb.11:16).
Muchísimos han muerto esperándola, la aceptamos por la fe y somos moradores y participantes de ella por la fe, más la promesa dada al Padre de la fe, la cual dice que su descendencia sería como la arena del mar (Heb.11:12), debe ser cumplida totalmente.
Esperamos la promesa nosotros también, pues como dice Hebreos: “Os habéis acercado al monte de Sion y a la ciudad de Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a la mirada de ángeles, a la asamblea general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos, y al Dios, el juez de todos, a los espíritus de los justos hechos ya perfectos” (Heb.12:22-23).
“El señor contará al inscribir los pueblos: este nació allí” (vr 6).
Que gloria debe ser el estar en los inscritos a participar en la ciudad celestial. Su inauguración es llamada: “las bodas del cordero”, esto es de Cristo en su Iglesia, la cual existe desde Adán, hasta el último de los salvos que entre al Reino de Dios.
“Bienaventurados los que están invitados a la cena de las Bodas del Cordero” (Ap.19-9).
“Este nació allí”. Nos dice que Dios conoce a los suyos. La escritura nos dice: que “los que están con Él son llamados, escogidos y fieles” (Ap.17:14).
También el Apóstol Pablo, nos enseña diciendo: “El señor conoce a los que son suyos, y: que se aparte de iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor” (2 Tim.2:19).
“Entonces tanto los cantores como los flautistas dirán: En ti están todas las fuentes de gozo” (Vr.7).
Después de todo lo expuesto en este salmo, y de entender un poco más sobre los propósitos de Dios, también podemos decir: “Nuestras fuentes de gozo están en Él”. En palabras del rey David: “Has desatado mi cilicio y me has ceñido de alegría” (Sal.30:11).
Un resultado obvio, al conocer la gloria preparada para el pueblo de Dios, es la alabanza que el Espíritu Santo hace producir en nosotros.
Exegesis de Pedro Angel.

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