
BIENAVENTURADOS LOS MANSOS.
Mateo 5.5-7
Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
I.1 Cuando ha pasado el invierno; cuando el tiempo de la canción ha venido, y en nuestro país se ha oído se ha oído la voz de la tórtola,(Cant.2.11-12) cuando aquel que consuela a los que lloran ha regresado para que esté con ellos para siempre,(Jn.14.16) cuando ante la luz de su presencia los nubarrones se dispersan—las oscuras nubes de la duda y la incertidumbre—y huyen las tormentas del temor, se calman las olas del pesar, y el espíritu nuevamente se regocija en Dios su Salvador (Lc.1.47): entonces evidentemente esta palabra se ha cumplido. Entonces aquellos a quienes él ha consolado pueden dar testimonio: “Bienaventurados (o felices) los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad” (Mt.5.5).
2. Pero ¿quiénes son los mansos? No son los que se afligen por cualquier cosa, porque no saben nada, los que se desconciertan ante los males que ocurren pues no saben discernir entre el bien y el mal. No son los que están protegidos de los golpes de la vida por una torpe insensibilidad; quienes tienen por naturaleza o destreza la virtud de los zoquetes o las piedras, y no se ofenden por nada porque nada sienten. Los filósofos ineptos ni siquiera se preocupan por estas cosas. La apatía están tan distante de la mansedumbre como de la benignidad. Así que no es fácil concebir cómo algunos cristianos de las edades más puras, especialmente ciertos Padres de la Iglesia, pudieron confundir estas cosas y equivocarse, tomando uno de los más crasos errores del paganismo como una de las ramas del verdadero cristianismo.
3. La mansedumbre cristiana tampoco significa falta de celo por Dios, ni ignorancia o insensibilidad. No, ella evita todos los extremos, ya que de exceso ya de falta. No destruye, sino más bien equilibra las afecciones—que el Dios de la naturaleza nunca se propuso extirpar por la gracia—a fin de traerlas y someterlas bajo ciertas reglas. Proporciona ecuanimidad a la mente. Sostiene una balanza fiel para ponderar la ira, el dolor y el temor; procurando el término medio en todas las circunstancias de la vida, sin inclinarse a la derecha o la izquierda (Cr.34.2).
4. La mansedumbre, por tanto, parece con toda propiedad referirse a nosotros mismos. Pero puede referirse tanto a Dios como a nuestro prójimo. Cuando esta actitud de la mente se refiere a Dios, usualmente se la denomina resignación – una calmada conformidad para con cualquiera sea su voluntad con respecto a nosotros, aun cuando ella no sea agradable a la naturaleza, diciendo continuamente, “El Señor es, haga lo que bien le parece” (1S.3.18).
Cuando consideramos esto de manera más estricta con respecto a nosotros mismos la llamamos paciencia o conformidad. Cuando se ejerce para con otras personas entonces es afabilidad para con los buenos y clemencia para con los malos.
5. Quienes son verdaderamente mansos pueden discernir con claridad qué es lo malo, y también pueden sobrellevarlo. Son sensibles a todo este tipo de cosas; pero la mansedumbre mantiene el control. Tienen el celo del Señor de los ejércitos (2 R19-31; Is.9.7;37.32). Pero su celo está siempre guiado por el conocimiento, y templado por todo pensamiento, palabra y obra por el amor del ser humano así como por el amor de Dios. No desean extinguir ninguna de las pasiones que con sabios fines Dios ha implantado en su naturaleza. Pero pueden dominarlas todas, y tenerlas bajo sujeción, empleándolas sólo como medios para esos fines. Así, aun las pasiones más vehementes y las más desagradables son utilizables para los propósitos más nobles.
Aun el odio, la ira y el temor, cuando se emplean contra el pecado, y están regulados por la fe y el amor, son como murallas y baluartes del alma, de manera que el enemigo no pueden acercarse ni hacerle daño.
6. Es evidente que esta disposición divina no sólo está para quedarse en nosotros, sino para incrementarse de día en día. Mientras permanezcamos en la tierra nunca faltarán las ocasiones de ejercitarlas. Nos es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho y sufrido la voluntad de Dios, podamos recibir la promesa (Cf. He.10.36). Necesitamos la resignación pura, que bajo todas las circunstancias, podamos decir “No sea como yo quiero, sino como tú.” (Mt.26.39). Necesitamos ser amables para con todos (Cf.2 Ti.2.24), pero especialmente con los malos e ingratos, de otra manera seremos vencidos por el mal, en vez de vencer con el bien al mal (Ro.12.21).
7. La mansedumbre no refrena tan sólo las acciones exteriores, como los escribas y los fariseos de antaño enseñaban, y como no cesan de enseñar los miserables maestros de todas las épocas que no son instruidos por Dios.
Nuestro Señor nos previene contra esto, y señala el verdadero alcance de ellos, en los siguientes términos: “Oísteis que fue dicho a los antiguos; No matarás; y cualquiera que mataré será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego” (Mt.5.21-22).
Empero ¿nadie se inclinará a preferir la lectura de aquellas versiones que omiten el término eikee “sin causa”? ¿No es enteramente superfluo? Porque si la cólera contra personas es una disposición contraria al amor, ¿cómo puede haber una causa, alguna causa suficiente para ello, una causa que justifique la ira de Dios?.
Pensemos en la ira contra el pecado. En este sentido podemos “estar airados” y, no obstante, sin pecado (Cf. Ef.4.26). En este sentido nuestro mismo Señor – como está escrito – se enojó una vez: “Mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones” (Mr.3.5). Se enojó contra el pecado, pero se compadeció de los pecadores. Y sin duda esto es lo justo delante de Dios.
9. “Y cualquiera que diga: Fatuo”, cualquiera que se deje dominar por el diablo y estalle en improperios, usando a propósito un lenguaje reprochable y contumaz, “quedará expuesto al infierno del fuego” – será responsable en aquel instante a la mayor condenación. Debe observarse que nuestro Señor describe todas estas faltas como merecedoras de la pena capital. La primera de la horca, usualmente impuesta a los condenados por los tribunales inferiores. La segunda, de apedreamiento, que frecuentemente se infligía a quienes resultaban condenados por el gran Concilio de Jerusalén. Los culpables de la tercera, de ser quemados vivos, aplicada sólo a los grandes delincuentes, en el valle de los hijos de Hinom (Jos.15.8), Gee Ennoón, palabra que evidentemente traducimos como infierno.
10. Y como quiera que los seres humanos se imaginan naturalmente que Dios disculpará el incumplimiento de algunas de sus obligaciones, teniendo en cuenta la satisfacción de otras, nuestro Señor se encarga de cortar de raíz esa vana, si bien común, ilusión. Demuestra lo imposible que es para cualquier pecador el permutar con Dios, quien no aceptará intercambiar una obligación por otra, ni la obediencia parcial en lugar de la completa. Nos advierte que el cumplimiento de nuestro deber para con Dios no servirá de excusa por nuestras obligaciones para con nuestro prójimo; que las obras piadosas, como comúnmente se le llama, no valdrán como recomendación si carecemos de amor. Por el contrario, la falta de amor hará de tales obras una abominación ante el Señor.
“Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti” –por razón de tu mal trato contra él , o por hablerlo llamado “Raca” o “Fatuo”—no pienses que tu ofrenda te redimirá de tu ira, o que será agradable a Dios en tanto tu conciencia está manchada con la culpa de un pecado impenitente. “Deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano”—al menos haz todo lo que esté de tu parte para reconciliarte—“y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mt.5 [22] 23-24.).
11. No permitas ninguna demora en lo que concierne tan de cerca de tu alma. “Ponte de acuerdo con tu adversario pronto” – ahora, rápidamente – “entre tanto que estás con él en el camino” – si es posible, antes que lo pierdas de vista – “no sea que el adversario te entregue al juez” – “y el juez al alguacil” – a Satán, ejecutor de la ira de Dios – “y seas echado en la cárcel.”(Mt.5.25). – al infierno hasta esperar el juicio del gran día.(Jud.6.). “De cierto te digo que no saldrás de allí hasta que no pagues el último cuadrante.”(Mt.5.26). Pero ello te es imposible hacer, viendo que no tienes nada con qué pagar(Lc.7.42). Por consiguiente si alguna vez entras en esa prisión el humo de tu tormento ascenderá por los siglos de los siglos(Ap.14.11).
12. Mientas tanto, “los mansos recibirán la tierra por heredad”(Sal.31.11, cf. Mt.5.5). ¡Tal es la necedad de la sabiduría mundana! Los sabios de este mundo les habían advertido una y otra vez que si no se resentían de ese maltrato, si sumisamente soportaban que se abusara de ellos, no habría existencia para ellos sobre la tierra. Que jamás serían capaces de proveerse de las cosas necesarias para la vida, ni aun de preservar lo que tenían; que no podían esperar la paz, ni el tranquilo disfrute de las posesiones o podar gozar de cualquier cosa. Más aún, supóngase que no hubiera Dios en el mundo; o que no se preocupara de los seres humanos. Pero cuando Dios se levanta para juzgar, para salvar a los mansos de la tierra(Sal.76.9), ¡cómo se ríe de toda la sabiduría pagana y se burla de ella!(Sal.76.10). Se toma el trabajo de proveerlos con todas las cosas necesarias para la vida y la santidad(2P.1.3). Les asegura la provisión que ha hecho a pesar de la fuerza, el fraude o la malicia de los seres humanos. Y las cosas que él asegura las da todas... en abundancia para disfrutemos”(1Ti.6.17). Les es agradable, ya sea en poco o mucho. Así como en paciencia ganarán sus almas(Lc.21.19), así poseerán verdaderamente lo que Dios les ha dado. Siempre están contentos, siempre agradecidos con lo que tienen. Les agrada porque ello agrada a Dios; de manera que mientras su corazón, su deseo, su gozo están en el cielo, en verdad se les puede decir “recibirán la tierra por heredad”.
13. Pero parece haber un sentido más profundo en estás palabras: que ellos tendrán una parte más prominente en la tierra nueva, en la cual mora la justicia (2P.3.13), en esa heredad cuya descripción general (los pormenores de la cual sabremos después) ha expuesto San Juan en el capítulo veinte del Apocalipsis: “vi a un ángel que descendía del cielo... y prendió al dragón, la serpiente antigua,... y lo ató por mil años...Y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, lo que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos: y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Esta es la primera resurrección. Bienaventurados y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre estos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con ellos mil años.”(Ap.20.1-2, 4-6).
II. 1. Hasta aquí nuestro Señor se ha ocupado diligentemente en quitas los estorbos a la verdadera religión: tal como el orgullo, el primer y gran obstáculo de toda religión, que se elimina con la pobreza del espíritu(Mt.5.3), la ligereza y la inconsciencia, que impiden a la religión echar raíces en el alma hasta que son extirpadas por el clamor santo; también la ira, la impaciencia y el descontento, curados todos por la mansedumbre cristiana. Y cuando todos estos estorbos – estas enfermedades malignas del alma que continuamente despertaban falsos anhelos interiores, calmándolos con apetitos enfermizos – son extirpados, vuelve el apetito natural de un espíritu nacido del cielo; que tiene hambre y sed de justicia. Y bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados(Mt.5.6).
2. La justicia – como ya hemos observado -- es la imagen de Dios, la mente que está en Cristo Jesús (Fil.2.5). Es toda la disposición santa y celestial reunida, que surge y culmina en el amor de Dios nuestro Padre y Redentor, y en el amor a todos los seres humanos por su causa.
3. “Bienaventurados los que tiene hambre y sed”. Para entender esta expresión debemos tener presente, en primer lugar, que el hambre y la sed son los más fuertes de nuestros apetitos corporales. De la misma manera esta hambre del alma, esta sed de la imagen de Dios, es el más fuerte de todos nuestros apetitos espirituales una vez despierto en el corazón, absorbe a todos los demás en un solo gran deseo: el ser renovado a semejanza de aquel que nos creó. Debemos observar, en segundo lugar, que desde el momento que comenzamos a tener hambre y sed estos apetitos no cesan, sino que son más exigentes e inoportunos hasta que comemos y bebemos, o morimos. Igualmente, desde el momento en que comenzamos a tener hambre y sed de toda la mente que estuvo en Cristo, estos apetitos espirituales no cesan, sino que claman por su alimento con más y más importunidad. Y mientras haya algo de vida espiritual, no cesarán hasta quedar satisfechos.
Podemos observar, en tercer lugar, que el hambre y sed sólo se satisfacen con el alimento y la bebida. Si uno le diera al hambriento todo el mundo, la vestimenta más elegante, todo la pompa del Estado, todos los tesoros de la tierra, muchísima plata y oro, si se le rindiera todo el honor, no le prestaría atención. Todas estas cosas no tiene valor para él. Seguiría diciendo: “Estas no son las cosas que anhelo; denme de comer o me muero”(Gn.25.29–34; 30.1). Lo mismo ocurre con toda alma que verdaderamente tiene hambre y sed de justicia: en ninguna otra cosa encuentra consuelo, nada más puede satisfacerla. Cualquiera cosa que se le ofrezca, será estimada en poco, sean riquezas, honor, o placer, y hasta dirá: “Esto no es lo que quiero. ¡Denme amor o me muero!”.
4. Y tan imposible es satisfacer a tal alma – un alma que está sedienta de Dios, del Dios viviente – con lo que el mundo llama religión, como con lo que se toma por felicidad. La religión del mundo significa tres cosas. Primero, el no hacer mal a nadie, abstenerse del pecado exterior – al menos de cosas como el escándalo, el robo, el hurto, la blasfemia, la embriaguez. Segundo, el hacer el bien -- como socorrer a los pobres, ser caritativos, como se dice. Tercero, usar los medios de gracia – al menos concurrir a la iglesia y participar de la Cena del Señor. El mundo denomina persona religiosa a aquella en quien se encuentran estas tres marcas. Pero ¿aplacará esto a la persona que tiene hambre de Dios? No. Eso no es alimento para su alma, sino que requiere una religión más noble, más elevada y más profunda. No puede alimentarse más de esta cosa pobre, superficial y formal, como tampoco puede llenar su vientre de viento solano.(Job.15.2). Es cierto, se cuida de abstenerse de toda apariencia de mal. Es celosa de buenas obras.
Cumple con todos los mandamientos del Señor. Pero nada de esto es lo que anhela. Esto es sólo la cáscara de aquella religión por la que el ser humano tiene un hambre insaciable. El conocimiento de Dios en Cristo Jesús; la vida escondida con Cristo en Dios(Col-3.3), el estar unido al Señor en un Espíritu, el tener comunión con el Padre y con el Hijo (1 Jn.1.7), andar en luz, como él está en luz(Jn.1.7), el ser purificado así como él es puro( Jn3.3)- esta es la religión, la justicia de la que el ser humano tiene sed. Y no puede descansar sino hasta que descanse en Dios.
Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
I.1 Cuando ha pasado el invierno; cuando el tiempo de la canción ha venido, y en nuestro país se ha oído se ha oído la voz de la tórtola,(Cant.2.11-12) cuando aquel que consuela a los que lloran ha regresado para que esté con ellos para siempre,(Jn.14.16) cuando ante la luz de su presencia los nubarrones se dispersan—las oscuras nubes de la duda y la incertidumbre—y huyen las tormentas del temor, se calman las olas del pesar, y el espíritu nuevamente se regocija en Dios su Salvador (Lc.1.47): entonces evidentemente esta palabra se ha cumplido. Entonces aquellos a quienes él ha consolado pueden dar testimonio: “Bienaventurados (o felices) los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad” (Mt.5.5).
2. Pero ¿quiénes son los mansos? No son los que se afligen por cualquier cosa, porque no saben nada, los que se desconciertan ante los males que ocurren pues no saben discernir entre el bien y el mal. No son los que están protegidos de los golpes de la vida por una torpe insensibilidad; quienes tienen por naturaleza o destreza la virtud de los zoquetes o las piedras, y no se ofenden por nada porque nada sienten. Los filósofos ineptos ni siquiera se preocupan por estas cosas. La apatía están tan distante de la mansedumbre como de la benignidad. Así que no es fácil concebir cómo algunos cristianos de las edades más puras, especialmente ciertos Padres de la Iglesia, pudieron confundir estas cosas y equivocarse, tomando uno de los más crasos errores del paganismo como una de las ramas del verdadero cristianismo.
3. La mansedumbre cristiana tampoco significa falta de celo por Dios, ni ignorancia o insensibilidad. No, ella evita todos los extremos, ya que de exceso ya de falta. No destruye, sino más bien equilibra las afecciones—que el Dios de la naturaleza nunca se propuso extirpar por la gracia—a fin de traerlas y someterlas bajo ciertas reglas. Proporciona ecuanimidad a la mente. Sostiene una balanza fiel para ponderar la ira, el dolor y el temor; procurando el término medio en todas las circunstancias de la vida, sin inclinarse a la derecha o la izquierda (Cr.34.2).
4. La mansedumbre, por tanto, parece con toda propiedad referirse a nosotros mismos. Pero puede referirse tanto a Dios como a nuestro prójimo. Cuando esta actitud de la mente se refiere a Dios, usualmente se la denomina resignación – una calmada conformidad para con cualquiera sea su voluntad con respecto a nosotros, aun cuando ella no sea agradable a la naturaleza, diciendo continuamente, “El Señor es, haga lo que bien le parece” (1S.3.18).
Cuando consideramos esto de manera más estricta con respecto a nosotros mismos la llamamos paciencia o conformidad. Cuando se ejerce para con otras personas entonces es afabilidad para con los buenos y clemencia para con los malos.
5. Quienes son verdaderamente mansos pueden discernir con claridad qué es lo malo, y también pueden sobrellevarlo. Son sensibles a todo este tipo de cosas; pero la mansedumbre mantiene el control. Tienen el celo del Señor de los ejércitos (2 R19-31; Is.9.7;37.32). Pero su celo está siempre guiado por el conocimiento, y templado por todo pensamiento, palabra y obra por el amor del ser humano así como por el amor de Dios. No desean extinguir ninguna de las pasiones que con sabios fines Dios ha implantado en su naturaleza. Pero pueden dominarlas todas, y tenerlas bajo sujeción, empleándolas sólo como medios para esos fines. Así, aun las pasiones más vehementes y las más desagradables son utilizables para los propósitos más nobles.
Aun el odio, la ira y el temor, cuando se emplean contra el pecado, y están regulados por la fe y el amor, son como murallas y baluartes del alma, de manera que el enemigo no pueden acercarse ni hacerle daño.
6. Es evidente que esta disposición divina no sólo está para quedarse en nosotros, sino para incrementarse de día en día. Mientras permanezcamos en la tierra nunca faltarán las ocasiones de ejercitarlas. Nos es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho y sufrido la voluntad de Dios, podamos recibir la promesa (Cf. He.10.36). Necesitamos la resignación pura, que bajo todas las circunstancias, podamos decir “No sea como yo quiero, sino como tú.” (Mt.26.39). Necesitamos ser amables para con todos (Cf.2 Ti.2.24), pero especialmente con los malos e ingratos, de otra manera seremos vencidos por el mal, en vez de vencer con el bien al mal (Ro.12.21).
7. La mansedumbre no refrena tan sólo las acciones exteriores, como los escribas y los fariseos de antaño enseñaban, y como no cesan de enseñar los miserables maestros de todas las épocas que no son instruidos por Dios.
Nuestro Señor nos previene contra esto, y señala el verdadero alcance de ellos, en los siguientes términos: “Oísteis que fue dicho a los antiguos; No matarás; y cualquiera que mataré será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego” (Mt.5.21-22).
Empero ¿nadie se inclinará a preferir la lectura de aquellas versiones que omiten el término eikee “sin causa”? ¿No es enteramente superfluo? Porque si la cólera contra personas es una disposición contraria al amor, ¿cómo puede haber una causa, alguna causa suficiente para ello, una causa que justifique la ira de Dios?.
Pensemos en la ira contra el pecado. En este sentido podemos “estar airados” y, no obstante, sin pecado (Cf. Ef.4.26). En este sentido nuestro mismo Señor – como está escrito – se enojó una vez: “Mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones” (Mr.3.5). Se enojó contra el pecado, pero se compadeció de los pecadores. Y sin duda esto es lo justo delante de Dios.
9. “Y cualquiera que diga: Fatuo”, cualquiera que se deje dominar por el diablo y estalle en improperios, usando a propósito un lenguaje reprochable y contumaz, “quedará expuesto al infierno del fuego” – será responsable en aquel instante a la mayor condenación. Debe observarse que nuestro Señor describe todas estas faltas como merecedoras de la pena capital. La primera de la horca, usualmente impuesta a los condenados por los tribunales inferiores. La segunda, de apedreamiento, que frecuentemente se infligía a quienes resultaban condenados por el gran Concilio de Jerusalén. Los culpables de la tercera, de ser quemados vivos, aplicada sólo a los grandes delincuentes, en el valle de los hijos de Hinom (Jos.15.8), Gee Ennoón, palabra que evidentemente traducimos como infierno.
10. Y como quiera que los seres humanos se imaginan naturalmente que Dios disculpará el incumplimiento de algunas de sus obligaciones, teniendo en cuenta la satisfacción de otras, nuestro Señor se encarga de cortar de raíz esa vana, si bien común, ilusión. Demuestra lo imposible que es para cualquier pecador el permutar con Dios, quien no aceptará intercambiar una obligación por otra, ni la obediencia parcial en lugar de la completa. Nos advierte que el cumplimiento de nuestro deber para con Dios no servirá de excusa por nuestras obligaciones para con nuestro prójimo; que las obras piadosas, como comúnmente se le llama, no valdrán como recomendación si carecemos de amor. Por el contrario, la falta de amor hará de tales obras una abominación ante el Señor.
“Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti” –por razón de tu mal trato contra él , o por hablerlo llamado “Raca” o “Fatuo”—no pienses que tu ofrenda te redimirá de tu ira, o que será agradable a Dios en tanto tu conciencia está manchada con la culpa de un pecado impenitente. “Deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano”—al menos haz todo lo que esté de tu parte para reconciliarte—“y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mt.5 [22] 23-24.).
11. No permitas ninguna demora en lo que concierne tan de cerca de tu alma. “Ponte de acuerdo con tu adversario pronto” – ahora, rápidamente – “entre tanto que estás con él en el camino” – si es posible, antes que lo pierdas de vista – “no sea que el adversario te entregue al juez” – “y el juez al alguacil” – a Satán, ejecutor de la ira de Dios – “y seas echado en la cárcel.”(Mt.5.25). – al infierno hasta esperar el juicio del gran día.(Jud.6.). “De cierto te digo que no saldrás de allí hasta que no pagues el último cuadrante.”(Mt.5.26). Pero ello te es imposible hacer, viendo que no tienes nada con qué pagar(Lc.7.42). Por consiguiente si alguna vez entras en esa prisión el humo de tu tormento ascenderá por los siglos de los siglos(Ap.14.11).
12. Mientas tanto, “los mansos recibirán la tierra por heredad”(Sal.31.11, cf. Mt.5.5). ¡Tal es la necedad de la sabiduría mundana! Los sabios de este mundo les habían advertido una y otra vez que si no se resentían de ese maltrato, si sumisamente soportaban que se abusara de ellos, no habría existencia para ellos sobre la tierra. Que jamás serían capaces de proveerse de las cosas necesarias para la vida, ni aun de preservar lo que tenían; que no podían esperar la paz, ni el tranquilo disfrute de las posesiones o podar gozar de cualquier cosa. Más aún, supóngase que no hubiera Dios en el mundo; o que no se preocupara de los seres humanos. Pero cuando Dios se levanta para juzgar, para salvar a los mansos de la tierra(Sal.76.9), ¡cómo se ríe de toda la sabiduría pagana y se burla de ella!(Sal.76.10). Se toma el trabajo de proveerlos con todas las cosas necesarias para la vida y la santidad(2P.1.3). Les asegura la provisión que ha hecho a pesar de la fuerza, el fraude o la malicia de los seres humanos. Y las cosas que él asegura las da todas... en abundancia para disfrutemos”(1Ti.6.17). Les es agradable, ya sea en poco o mucho. Así como en paciencia ganarán sus almas(Lc.21.19), así poseerán verdaderamente lo que Dios les ha dado. Siempre están contentos, siempre agradecidos con lo que tienen. Les agrada porque ello agrada a Dios; de manera que mientras su corazón, su deseo, su gozo están en el cielo, en verdad se les puede decir “recibirán la tierra por heredad”.
13. Pero parece haber un sentido más profundo en estás palabras: que ellos tendrán una parte más prominente en la tierra nueva, en la cual mora la justicia (2P.3.13), en esa heredad cuya descripción general (los pormenores de la cual sabremos después) ha expuesto San Juan en el capítulo veinte del Apocalipsis: “vi a un ángel que descendía del cielo... y prendió al dragón, la serpiente antigua,... y lo ató por mil años...Y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, lo que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos: y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Esta es la primera resurrección. Bienaventurados y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre estos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con ellos mil años.”(Ap.20.1-2, 4-6).
II. 1. Hasta aquí nuestro Señor se ha ocupado diligentemente en quitas los estorbos a la verdadera religión: tal como el orgullo, el primer y gran obstáculo de toda religión, que se elimina con la pobreza del espíritu(Mt.5.3), la ligereza y la inconsciencia, que impiden a la religión echar raíces en el alma hasta que son extirpadas por el clamor santo; también la ira, la impaciencia y el descontento, curados todos por la mansedumbre cristiana. Y cuando todos estos estorbos – estas enfermedades malignas del alma que continuamente despertaban falsos anhelos interiores, calmándolos con apetitos enfermizos – son extirpados, vuelve el apetito natural de un espíritu nacido del cielo; que tiene hambre y sed de justicia. Y bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados(Mt.5.6).
2. La justicia – como ya hemos observado -- es la imagen de Dios, la mente que está en Cristo Jesús (Fil.2.5). Es toda la disposición santa y celestial reunida, que surge y culmina en el amor de Dios nuestro Padre y Redentor, y en el amor a todos los seres humanos por su causa.
3. “Bienaventurados los que tiene hambre y sed”. Para entender esta expresión debemos tener presente, en primer lugar, que el hambre y la sed son los más fuertes de nuestros apetitos corporales. De la misma manera esta hambre del alma, esta sed de la imagen de Dios, es el más fuerte de todos nuestros apetitos espirituales una vez despierto en el corazón, absorbe a todos los demás en un solo gran deseo: el ser renovado a semejanza de aquel que nos creó. Debemos observar, en segundo lugar, que desde el momento que comenzamos a tener hambre y sed estos apetitos no cesan, sino que son más exigentes e inoportunos hasta que comemos y bebemos, o morimos. Igualmente, desde el momento en que comenzamos a tener hambre y sed de toda la mente que estuvo en Cristo, estos apetitos espirituales no cesan, sino que claman por su alimento con más y más importunidad. Y mientras haya algo de vida espiritual, no cesarán hasta quedar satisfechos.
Podemos observar, en tercer lugar, que el hambre y sed sólo se satisfacen con el alimento y la bebida. Si uno le diera al hambriento todo el mundo, la vestimenta más elegante, todo la pompa del Estado, todos los tesoros de la tierra, muchísima plata y oro, si se le rindiera todo el honor, no le prestaría atención. Todas estas cosas no tiene valor para él. Seguiría diciendo: “Estas no son las cosas que anhelo; denme de comer o me muero”(Gn.25.29–34; 30.1). Lo mismo ocurre con toda alma que verdaderamente tiene hambre y sed de justicia: en ninguna otra cosa encuentra consuelo, nada más puede satisfacerla. Cualquiera cosa que se le ofrezca, será estimada en poco, sean riquezas, honor, o placer, y hasta dirá: “Esto no es lo que quiero. ¡Denme amor o me muero!”.
4. Y tan imposible es satisfacer a tal alma – un alma que está sedienta de Dios, del Dios viviente – con lo que el mundo llama religión, como con lo que se toma por felicidad. La religión del mundo significa tres cosas. Primero, el no hacer mal a nadie, abstenerse del pecado exterior – al menos de cosas como el escándalo, el robo, el hurto, la blasfemia, la embriaguez. Segundo, el hacer el bien -- como socorrer a los pobres, ser caritativos, como se dice. Tercero, usar los medios de gracia – al menos concurrir a la iglesia y participar de la Cena del Señor. El mundo denomina persona religiosa a aquella en quien se encuentran estas tres marcas. Pero ¿aplacará esto a la persona que tiene hambre de Dios? No. Eso no es alimento para su alma, sino que requiere una religión más noble, más elevada y más profunda. No puede alimentarse más de esta cosa pobre, superficial y formal, como tampoco puede llenar su vientre de viento solano.(Job.15.2). Es cierto, se cuida de abstenerse de toda apariencia de mal. Es celosa de buenas obras.
Cumple con todos los mandamientos del Señor. Pero nada de esto es lo que anhela. Esto es sólo la cáscara de aquella religión por la que el ser humano tiene un hambre insaciable. El conocimiento de Dios en Cristo Jesús; la vida escondida con Cristo en Dios(Col-3.3), el estar unido al Señor en un Espíritu, el tener comunión con el Padre y con el Hijo (1 Jn.1.7), andar en luz, como él está en luz(Jn.1.7), el ser purificado así como él es puro( Jn3.3)- esta es la religión, la justicia de la que el ser humano tiene sed. Y no puede descansar sino hasta que descanse en Dios.
Exegesis de Wesley.

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